lunes, 27 de junio de 2011

Ana y Marco

Ana y Marco, se conocieron  una fría tarde de invierno, acababa de oscurecer y cada uno por separados se cobijaron en el viejo bar de la estación. A Ana, le agradaba sentarse en la barra y siempre pedía lo mismo, un tequila margarita. Le fascinaba saborear la sal que rodeaba el borde de de la copa y mientras tanto, con la punta de la lengua jugaba a imaginar que él la cogía con fuerza y la dejaba caer sobre la alfombra del salón, cada vez que llegaba a casa de trabajar. Recordaba el morbo que le producía ver a Esteban, disfrazado de sacerdote y ella de monja. Cuando Esteban le alzaba las vestiduras, comezaba a descubrir que debajo de ellas había todo un putón deseando salir del armario. Ana solía llevar ligueros negros, zapatos de tacón altos y un antifaz. Esteban se ponía a cien. Le arrancaba la ropa con los dientes y ella se dejaba, luego le daba unos azotes en las nalgas y la ponía a cuatro patas.Esteban todo empalmado,comenzaba a follarsela introduciéndo su enorme y robusto pene por su culo.
En el taburete de al lado, estaba sentado Marco y a ella le excitó el olor de su perfume, le recordó a Esteban quien se se había llevado los mejores momentos de lujuria y pasión bañadas de morbo y fetiche. Ana volteó la mirada y sus pupilas se pegaron con las de él, Marco, su otra mitad.
Salieron juntos del bar, seguramente en busca de una apetitosa cama de Hotel, para así desatar sus bajos instintos desenfrenados.

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