viernes, 24 de junio de 2011

Mentes Impares.

Nos conocimos en un bar musical. Solo bastó una mirada entrecruzada, como hechizo de luna en una cálida noche estrellada. Bebí un sorbo de tequila y mientras humedecía mis labios, se humedecían también mis bajos instintos, solo pensaba en tí, en como serías bajo el disfraz de camarero. Los locos pensamientos se apoderaban de mí. Ellos me corroían como el óxido y como tenues susurros rebotaban en mi cerebro. Recuerdo que, de fondo, se oía una sensual y embriagadora melodía, casi tan excitante que me provocaba sudores de tanto desearle. Yo le perseguía con la mirada fijamente, mientras él,se dirijía de un extremo a otro de la barra, para fijar sus las pupilas en unas cuantas botellas de licor barato que posaban en fila india, como si se tratase de artistas mudos a la espera de su próxima actuación.
  De pronto, una de sus manos, se dejó caer sobre mi hombro izquierdo y su sola presencia me hizo estremecer, un nudo en la garganta me quitaba el aliento y mis palabras se quedaron enfundadas por un insatante, sentí defallecer entre sus brazos.
¡Hola! _ Me dijo. ¿que tal?
¿Que hace una chica tan guapa sola?¿acaso me has venido a buscar?
  Mi mente confundida le decía que sí.
¡ Me llamo Marcelo!!
 ¡Yo Martina!. Encantada - le dije.
Charlamos toda la noche, hasta el cierre del bar. Amanecimos abrazados, con los cuerpos empadados en sudor, nos amamos hasta desfallecer, nos poseímos por un largo rato y destilamos toda la furia desenfrenada, comprimida en una sola cápsula, la del deseo. Con gemidos desesperados y gruñidos desgarradores, como lobos hambrientos, nos perdimos en el paraíso del placer.
Al mirarnos, después de tanto amarnos, comprendimos que teníamos una sola cosa en común. Nuestros bajos instintos.